Un hombre con levita que se parece a Pushkin

¿Qué os sugería un hombre con levita que se parece a Pushkin? Difícil imagen. ¡Qué complicado se presentaba! Sin embargo, vuestro ingenio se ha superado, ha sobrepasado un límite imposible de creatividad sorprendiéndonos sobremanera. Famosos, celebridades, lugares mágicos, tristes enfermedades, almas emparentadas con el mismísimo Pushkin, personas opuestas como espadas y escudos. Y para terminar un garito repleto de humo que tenía de fondo una canción de blackmetal. Casi nada…

Un señor con levita que se parece a Pushkin… Observo como se acerca a la barra y saluda a un hombre moreno con un inmenso bigote. Parece que Picasso pagará las cervezas de ambos. Entonces entra en escena un hombre de sienes pelirrojas, Gaudí se une a la fiesta. Poco a poco se presentan más celebridades. Elvis, Shakespeare, Poe, Ramón y Cajal… todo el bar se llena de auténticas estrellas y yo, desde aquí, desde el infierno, observo a esos genios reunidos en el bar a la derecha de Dios.”

Pablo Quesada Ramos. 2º de bachillerato A

Un hombre con levita que se parecía a Pushkin iba paseando por un bosque en busca de la llave perdida, la cual abría una puerta y dentro algo sucedía, ¿qué sería? En ese oscuro lugar, algo brilló en la oscuridad, la encontró. Iba en busca de ese lugar. Este pobre hombre se encargaba de satisfacer a otras personas a cambio de un dinero, aunque vivía en una casa con lujos, ya que pertenecía a un hogar de familia rica. Éste encontró la cerradura a la que pertenecía dicha llave. Estaba un poco nervioso, pero la abrió. Se quedó un poco sorprendido, ya que detrás de esa puerta había una inmensa cantidad de dinero y una carta anónima que decía: “Te mereces todo esto y más”.

Al fin, dejó su horrible trabajo y pudo vivir con lujos y feliz.

Sara Cámara Garrido. 1º de bachillerato C

¿Fuiste tú o yo?

Un señor con levita que se parece a Pushkin se sentó al lado de la curva esa misma noche en aquel popular restaurante como uno más. Pero en el servicio, a través del espejo pude discernir que detrás de aquel rostro arrugado por el paso de los años moraba el mismísimo mal. En ese momento lo infravaloraba, pero no pensé que me arrebataría a toda mi familia, asesinándolos. Tenía que tomar venganza abrazando a la muerte para arrastrarlo al infierno, pero a su vez separándome de ellos. Solo quiero que aquel o aquella que esté leyendo esto sepa que en la vida todo aquello que amas tarde o temprano se te es arrebatado, así que lucha y no cometas mi error.

Meses más tarde del homicidio, un psicólogo que trató al padre de familia reveló que este tenía una doble personalidad.

Javier Moral Armenteros. 1º de bachillerato A

Eternos recuerdos

Un señor con levita que se parece a Puskin me atormenta la razón, no puedo ser él. Quizás mi corazón aún no haya olvidado, pero, claro, ¿cómo olvidarlo? Aún noto sus suspiros en mi nuca mientras me acunaba entre sus grandes y acogedores brazos. Noto sus vibraciones de la pluma sobre el papel cuando plasmaba mi ser en él. Su inspiración a cargo de mi belleza era mi mayor tesoro. Sus manos enredándose en mis cabellos color cobrizo, su tez con mi tez como un perfecto rompecabezas, en ese momento ya no eramos dos, eramos espada y escudo, dos lados opuestos de una cuerda que concuerdan en un solo nudo, eramos una misma persona, dos seres enfrentados a un destino, quizás cruel, sí, pero unidos.

Alba Del Moral. 1º de bachillerato A

Un hombre con levita que se parece a Pushkin me llamó mucho la atención; esa barba abierta que remarcaba sus pómulos y su pelo rebelde le hacían aún más llamativo, me atrevería a decir que incluso atractivo. Como buena cínica que soy no pude evitar acercarme, pedí dos cervezas y con Darkthrone de fondo empecé la conversación:

-“Recuerdo un milagroso instante: cual efímera visión, apareciste tú, radiante y hermoso como la ilusión.”

-Sí, ilusión la que tú tienes,- me dijo- pero no queremos enfadar a la parienta.

Se dio media vuelta y me quedé anonadada ante la situación; fue una buena noche con dos rubias y black metal para mí sola.

Ángela María Chica Ortega. 1º de bachillerato C

La maldita enfermedad

Un señor con levita que se parece a Puskin. Son las palabras que a menudo solía escuchar por la calle, cuando era joven. No era capaz de salir a la calle sin estar totalmente arreglado, muy elegante y, por supuesto, llamando la atención. Y, sí, lo tengo que reconocer, me encantaba. Ojalá volviera a aquellos tiempos y volviera a tener esa vida y no la que tengo ahora, que me paso todo el día tumbado en una cama.

Ya vienen de nuevo estas dos mujeres. Ahora empezaran a preguntarme si me acuerdo de ellas y le volveré a decir que no. No sé quiénes son, pero, a pesar de ello, una de ellas me dice que es mi hija y la otra dice que es mi esposa.

Ana María Chica Rodríguez. 1º de bachillerato A

Un señor con levita que se parece a Pushkin se sentó a mi lado en el tren. Lo miré varias veces de soslayo, incapaz de creerme que pudiera haber tal parecido entre dos personas. Luego, avergonzándome de mi comportamiento, decidí olvidarme el tema, mirando por la ventana.

Recordé todos aquellos momentos en los que me sentaba en mi mecedora, delante de la chimenea, tomándome una taza de chocolate recién hecho y leyendo aquellos poemas de Pushkin; sintiéndome protegida en aquel lugar tan acogedor, aquella casa que tuve que dejar atrás para cumplir mis sueños. Al rato me percaté de que mi acompañante estaba escribiendo algo. La curiosidad pudo conmigo, y lo leí: “Recuerdo un milagroso instante: cual una efímera visión, apareciste tú, radiante y hermosa como una ilusión”. Al parecer, él tenía más cosas en común con el poeta aparte de su físico…

Laura Zafra Palomino. 1º de bachillerato A

Un señor con levita que se parece a Pushkin tocaba el piano del cual emanaba una melodía tétrica y lúgubre. Su cara blanquecina y sus ojos decaídos perseguían sus dedos pulsando las viejas teclas. En ese momento, Natalya Pushkina deambulaba por los pasillos extrañada por el sonido del instrumento. Llegó al salón y observó que no había nadie más. Se dirigió hacia el piano y cogió unos poemas de amor y una chaqueta con levita descuidada. Natalya rompió a llorar desesperadamente. Sentía que su padre había estado allí. Pero, sobre todo, sentía rabia, impotencia, por no haberse despedido de él cuando murió.

Miriam Rubio Alcántara. 1º de bachillerato A

Un señor con levita que se parece a Pushkin cruzaba la calle mientras mi mirada se limitaba únicamente a él. Mi cabeza comenzó a dar vueltas en un pasado y a recordar como su fisiología se parecía tanto a la de mi abuelo, como cada paso que daba me hacia obtener una mejor imagen en mi mente, recordar con mayor facilidad sus rasgos. De repente miré un instante hacia atrás, volví mis ojos hacia él, pero ya no estaba, su rostro había desaparecido en tan solo unos segundos.

Ana Moral Moral. 1º de bachillerato A

Un señor con levita que se parece a Pushkin, sí, exacto, ese señor era aquel, con aspecto serio y carácter amargo, que esperaba largas horas en la estación de tren. Llegaba todos los días sobre la misma hora y hoy decidí observarlo, a la vez que él observaba el miedo, lo cual no conocía en ese momento. La llegada de trenes llegaba a su fin, no había vuelta atrás, su pensamiento se volvió contra él, la situación lo empujó y sí, lo hizo, y yo mientras tanto lo observaba sin ser visto. Vuelvo a revivir el momento cada martes 13, en realidad, no soy más que su alma.

Rocío Erena Pestaña. 1º de bachillerato A

 

El puñetero ojo de la cerradura

Estos son algunos de los ingeniosos microrrelatos que leímos en clase, hoy empezáis a crear vuestra primera página como escritores para el resto del mundo. Son sólo algunos porque no da tiempo a leerlos todos en clase y porque algún despistado no me los ha mandado, pero a partir de ahora, seguramente, os esforzaréis para poder estar presentes aquí y, seguramente, no escondáis vuestras pequeñas obras de arte por timidez o vergüenza.

El puñetero ojo de la cerradura nos impide ver, adentrarnos en un mundo a veces siniestro, perverso; aunque otras veces después del giro de su mecanismo nos transporte a tierras fantásticas y maravillosas.

El puñetero ojo de la cerradura no podía ser más pequeño. No me dejaba ver ni siquiera las dimensiones de lo que supuse que sería un pasillo. Suspiré, frustrada, sin poder tramar un plan para escapar de esta maldita habitación, que no tenía ventanas siquiera. Desesperada, comencé a darle patadas a las paredes. Debido a la agitación, de mi larga y rizada cabellera cayó una horquilla, mi salvación. Sonreí de lado, comenzando a sentirme como uno de aquellos personajes intrépidos que había leído y releído tantas veces. Metí deprisa la horquilla en la cerradura, y, tras varios intentos, abrí la puerta. Antes de comenzar a sentir la adrenalina por mi cuerpo, corrí hasta el final del pasillo, llegando al exterior, y sintiéndome más libre de lo que nunca hubiera imaginado.

Laura Zafra Palomino. 1º de Bachillerato A

El puñetero ojo de la cerradura. Una de tantas. No era la primera vez que lo hacía, y no había ninguna que se me resistiese. Al principio puede parecer nuevo, diferente, confuso… agradable al fin y al cabo, sin embargo, una vez tienes práctica se pierde la chispa de la primera vez. Ya era algo mecánico, sin ningún misterio. Primero le dices algo bonito, un poquito de juego de manos, y ya es tuya, lo demás es dejarse llevar y disfrutar. Además es cierto eso que dicen de que con una buena herramienta se trabaja mejor. Y es que todos los vicios son malos. Y el mío, como cualquier otro, es forzar cerraduras.

Juan Francisco Jiménez. 2º de Bachillerato A

El puñetero ojo de la cerradura. La llave de metal girando. El mecanismo de seguridad de la puerta desactivándose. Una mano girando el pomo despacio. La otra sosteniendo una impecable arma de fuego. Un sujeto de pie en el recibidor. El chasquido de la puerta al cerrarse. Unos pasos firmes y decididos. La puerta del salón abriéndose. Una mirada categórica. El silenciador rozando su sien. Un último pensamiento, dedicado a su familia. Una radiante sonrisa… Espera, ¿una sonrisa? ¡Corten! Esto me pasa por trabajar con actores baratos. Y la silla del director se quedó vacía.”

Pablo Ramos Quesada. 2º de Bachillerato A

El puñetero ojo de la cerradura, solo quiero echar una mirada al interior pero no veo absolutamente nada, así que decido entrar. Cuando entro solo veo un espejo y en él mi reflejo. Me quedo quieta, mi corazón se acelera con lo que veo: mi pelo, normalmente rubio, está mojado de sangre igual que el resto de mí, llevo un vestido blanco que me llega hasta los tobillos (manchado de sangre también). Me está mirando mientras levanta la mano y me dice: – Vuelve conmigo -, su mano sale del espejo y me roza la mejilla a la vez que una lágrima cae por ella. Acabaré con ella. Lo juro. De repente todo se vuelve oscuro y caigo al vacío.

Laura Blanca Pestaña. 2º de Bachillerato A

Clavis, clave

El puñetero ojo de la cerradura la oprimía como una soga de cáñamo seco. La asfixia continuada y repetitiva le impedía respirar, sus latidos se agitaban en su pecho cada vez más, como el pitido eterno y punzante de una cafetera a punto de estallar. Hiperventilaba intentando sobreponerse, relajarse, pero a cada segundo el oxígeno de sus pulmones se hacía más inexistente, su pecho se comprimía hasta el límite de ahogarla, estrangularla. Forcejeaba con su llave intentando abrir la puerta, sin saber que ella perdía su fría y metálica vida en el intento.

Daniel Moreno Roselló. El profe